La obra del mes

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BARRIO BAJO
1960 - Aguafuerte y aguatinta - 183 X 165


¡Tú, el tuerto...! ¿Dónde vas...? ¿No quieres pasar conmigo un rato...? ¿Un poquito de conversación y lo que venga...? ¿Quién te acompaña...? ¿Tu hija o tu mujer...? ¡No importa...! Ven a la luz, mírame... Tengo los mejores pechos que puedas desear... No quedará defraudado tu ojo sano... ¿Cómo perdiste el compañero...? Sería en el trabajo... Los pobres siempre os mutiláis en el trabajo... Un ojo, un dedo, la mano entera o bien un pie... Cuando no la vida... Es difícil ganarse el sustento... Los tiempos vienen duros... Los tiempos siempre vienen duros... ¡Que me lo digan a mí...! Aquí estoy, a lo que caiga... Mala jornada, pero yo soy una profesional... Los que no se atreven a venir en sábado o domingo, se suelen presentar entre semana... No te preocupes... Con los tímidos es como mejor me porto.... Lo que les quieras dar, sin exigencias... Por eso me gustan... Son como animalillos tiernos... Me recuerdas un perro que tuve allá en el pueblo... Pequeño, feo, el pelaje lleno de cascarrias ... ¡Lo que son las casualidades y las cosas...! No te ofendas... Tentada estoy de soltar la carcajada... Era tuerto, como tú... De una pedrada que le darían los chiquillos... Ese perro y yo nos apañábamos... Cuando sobraba un poco de comida se la daba... Me miraba como me miras tú... Esquinado, de reojo, adivinando por el gesto la intención... Al final creo que lo mataron... Pero no te entristezcas... Quiero que pases un ratito alegre... Si te preocupa ella, me parece que no le importará que te diviertas... Le conviene como a ti olvidarse por un momento de las preocupaciones... Está consumida, aunque se ve que fuera guapa moza... Espero que ella no te culpe... ¿Qué has podido hacer tú, pobre infeliz, que hasta te has dejado un ojo en la refriega...? ¡Echemos los tres una partida...! ¿Qué os parece...? Mírame a mí... ¡Miradme los dos...! Siempre le planté cara a la vida... Conmigo se estrellaron los reveses... Son mis pechos mascarón de proa contra las olas... Échale un vistazo a esa que conversa con el mar inero... ¿Qué te parece...? ¡Ni comparación...! ¿Te decides...? ¿O volverás a tu tabuco con la rabia y el recuerdo de no haberte atrevido...? El remordimiento peor es el de la falta de coraje... ¡A mí tanto me da...! Eres un perdedor, como el perro que tuve allá en el pueblo y que correteaba en torno de mis piernas paseando por el huerto... ¡Porque yo tuve un huerto, y una casa, y desde mi ventana se veía discurrir el río...! Las noches de verano el murmullo del caudal me hacía acudir a su ribera... Y yo me dejaba abrazar desnuda por las aguas... Luego me tendía en la hierba, bajo la luna y las estrellas, y me dormía acariciada por la brisa... ¿Crees que lo invento, que lo estoy soñando...? ¡Atrévete a decirme que es mentira...! ¡Perdedor, ignorante...! ¡Merecerías que te saltara el otro ojo, como el perro aquel que tuve...! Sí, le vacíe ambos ojos porque me seguía al río... ¡Le maté, miraba como tú...! ¡Qué quería ese animal y qué queréis vosotros...! ¡Lárgate, iros los dos...! Seguiré aquí... ¡Rendi do, perdedor...! ¡Nunca comiste la manzana de la gloria...!
OFERTA DESDE OTRO PLANO
1989 - Acrílico/lienzo 500 X 400


Soy la que ofrece la manzana del deseo, no confundir con la manzana de la Discordia –¡triste Paris, que al entregársela a Afrodita causaste la destrucción de los mejores guerreros frente a Troya!– ni con la que por curiosidad mordió la madre Eva. ¡Pero miento! Son la misma y única manzana: el regalo envenenado de los cuentos, que provoca la muerte de doncellas atrevidas que quieren emularme; el fruto con que yo, la mujer, pierdo a los hombres, del que llevo repleta la bandeja sobre la cabeza del carnero, símbolo de la obstinación y la estulticia, mis mejores y secretas aliadas. Yo vengo de la sombra, de la noche, me perfumo con el aroma de las hierbas salvajes que crecen en el bosque, entre los árboles espesos, y que las brujas recolectan atendiendo a las fases de la luna. Ésta, la luna, soy yo misma, la que para su perdición cantaron los poetas y que peina cabellera de celestes nubes, donde sueñan los hombres en entrelazar sus dedos. Mi tarea consiste en llevarlos a la tumba, consumando mi hechizo seductor. ¡Húmedo reino de limacos, de terrestres caracoles que dejan su rastro de plata sobre el musgo de las lápidas! Soy la inalcanzable, la que ríe en el límite del sueño y, apenas entrevista en la foresta, huye descalza sin herirse los pies en los abrojos y vestida de azuladas gasas hurtadas a la niebla, conduciendo al viajero a lugares que sólo frecuentan alimañas. ¡Todos sin excepción lloran al comprender que se han perdido! Surjo también en la penumbra de las casas, allí donde los hombres se detienen a la caída de la tarde, añorando difusamente mi presencia. Es entonces, en ese fugaz y desarmado instante, cuando cobro mis mejores presas. El alma del hombre resulta encadenada para siempre. ¡Cándidas mujeres que permitís esas quimeras! Vuestra rival no se encuentra en plazas y teatros, sino en la quietud de los hogares, en la silenciosa estancia de la que acaba de retirarse el sol, temeroso de mi empuje, infinitamente más poderoso que el suyo. Si perdí la sagrada Ilión por la torpeza del afeminado Paris; si, vestida de serpiente, arrojé del Paraíso a vuestra estirpe, que gime desde entonces agobiada de miserias, con mayor razón me entretendré en lo que para mí es un simple juego. Aunque a ratos, lo confieso, me fatigo. Quisiera alejarme de selvas y umbríos manantiales que discurren bajo el túnel de apretadas ramas y salir inerme al valle, deteniéndome a contemplar la mies acunada por la brisa. Y restañar el sudor de quienes acuden a trabajar la tierra. Pero mi condición fatal se impone. Como la túnica que entregó el centauro Neso a Deyanira, celosa mujer del esforzado Heracles, mi pañuelo abrasa la frente campesina. Los gritos de horror me hacen huir. Regreso a mi escenario, que es la negrura, la noche, los rincones, el otro lado del azogado espejo. Aguardo sin impacientarme la ocasión. Verde y jugosa, entrego de nuevo la manzana.

SIN TÍTULO
1960 - Punta seca 150 X 125


Soy, de las tres, la que vierte al papel los pensamientos. El temor, la pena, la esperanza... pasan por mi tamiz antes de tomar forma en palabras. Mi tarea no es fácil. El menor descuido puede provocar una catástrofe. Desde mi torre de marfil –cualquier cosa, menos plácida: os lo aseguro–, he visto salpicar la sangre sobre el verde esmeralda de los prados; a mis oídos llegó el terror y la agonía de firmes caballeros que se agotaron en la lucha. ¡Hubiera querido no contar su historia! Por eso, he aprendido la cautela. Mis compañeras se disponen a empezar. Una nota de violín acompañará la primera pincelada. Yo aún reflexiono y acaso aguardo la inspiración, esa engañosa melodía de la que conviene no fiarse demasiado. Otras veces la escuché, dejándome arrebatar por su elocuencia. ¡Craso error! Lo que se escribe ya nunca jamás puede borrarse. De mi equivocación, de mi debilidad, provienen daños. Mis renglones han de ser bien meditados. ¿Lo diré...? Sí, me atrevo a confesarlo... Hasta el presente, no he trazado mi caligrafía en el papel. Tampoco mis amigas han invocado su pericia, pero son más decididas... o su labor consiste en precederme. Ha llegado la ocasión solemne. En seguida, sonará la música y manchará el color el lienzo. Yo, todavía, aguardaré. Quisiera escribir una balada, un poema de amor, un estribillo que acompañe a los niños en sus juegos. Pero tengo miedo... El gato acecha, sirve de emisario a un negro duende. Mi hermana, la que pinta, lo mira de reojo. Hará su retrato. Si logra capturar el alma, neutralizará su influjo. El violín procurará con su gemido que baje el animal la guardia, quizá se duerma... Entonces, cuando ellas rompan con su trabajo el sortilegio, podré comenzar esta cuartilla. Dependo de las dos, y ellas de mí. Servirá de poco nuestro acuerdo si vacilo: mi crónica se tiene que escribir a cualquier precio. Lo hemos hablado. Es importante parecer serenas. Vuelvo a afirmarlo: siento angustia... Ellas también, pero me admira el dominio de sus nervios. Debo imitarlas. No seré y o quien impida romper estas cadenas. Mi corazón se ha detenido... ¡Angustioso instante en que todo está por decidirse! El más leve titubeo y nos habremos perdido para siempre... ¡Pero atención! En cuanto se oiga la primera nota y pierda su blancura virginal el lienzo, será el momento para mí. Inclinando mi cabeza –he tomado la precaución de sujetar mis bucles–, desgranaré, letra a letra, mi mensaje. He esperado para esto. Las tres hemos refrenado la paciencia. Si lo hacemos bien –me estremezco de que ocurra lo contrario–, habrá rendido cada cual su fruto. ¡Atención! Ya se apoya el arco del violín sobre las cuerdas, descansa el pincel sobre la tela... Juntas, descorremos el telón... En un segundo, se habrá decidido la cuestión...
LAS MOSCAS
Óleo


La mujer es el reverso de la muerte. Aunque los desengañados del mundo y sus placeres convienen en asegurar que son lo mismo. Más allá de sus tramposas atenciones –aseguran–, apurada la copa del deleite, se encuentran la fosa y los gusanos. No hay que hacerles mucho caso. ¿Y las moscas? ¿Qué pinta el díptero –multiplicado– sobre la cara de la bella? Asiduas al festín de los cadáveres, cancerberas diminutas del paso por la vida, serían la corroboración del pensamiento ascético. Lo dijo el romántico Espronceda: “¡Inventad otras caricias, otros besos, o maldito sea el placer!” Lo remacharon los Padres de la Iglesia: “Guardaos de la amiga del diablo”. ¡El diablo y su ejército de moscas! La mujer, la muerte, las moscas, el diablo... ¿Cómo no rendirse a la evidencia? Y sin embargo, la mujer es tan hermosa... ¿En qué artera academia aprendiera sus hechizos? Poderosos monarcas rindieron a sus plantas sus imperios, conquistados al precio de la sangre de los héroes. El fragor de la batalla fue música para en tretener su ocio. ¿Acaso importa? ¡Es tan colosal la ceguera de los hombres! Pero las moscas... ¡Inmóviles insectos sobre el rostro hierático de la mujer de rojos labios! Sobre el recto perfil de su nariz, el saltamontes: es general que dirige el lento asedio. La falacia de la bella es evidente. Ella lo sabe, pero se resiste a rendir la fortaleza. Está muerta, pero un último resabio de su inmensa vanidad envía un señuelo de perdición desde el sepulcro. ¡Cristalizó en gesto seductor su tránsito! Así permaneciera siglos... hasta que empezaron a acudir las moscas. Revoloteó la primera sobre sus ojos verdes, que no parpadearon. Vino la segunda y acudieron más, una tras otra, en seguido y fúnebre cortejo, posándose en su frente y sus mejillas, sin olvidar esos labios que pronunciaron impúdicos halagos. ¡Su treta había quedado al descubierto! Pero los hombres se negaron a advertirlo. Tan poderosa es la voluntad de la mujer, que hace girar en su mano el orbe entero. Un gesto de miedo, no obstante, la delata. Co mienza a sospechar que se aproxima el día en que se desvanecerá fatalmente en el polvo. Es lenta la corrupción, pero imparable. Ella lo sabe y su mérito está en haberla sabido refrenar. Pero ¡ay!, la muerte –que al fin y al cabo es de su sexo– va ganando la partida. Las edades se acumulan en lo que para la eternidad es sólo un soplo. Admirable el titánico ejercicio de la que manejó a los hombres a capricho y cuyas proezas por las que fueron destruidos aceptó frívolamente. La extinción de los mejores, su derrota y su desgracia fueron el terrible escabel para sus pies. Las moscas –¿amigas, delatoras...?– así nos lo confirman. ¡Ella mantiene impertérrita su pulso!

VIEJO VIOLINISTA
1950 - Aguafuerte y punta seca 293 X 200


No sé qué más tengo que hacer para ganarme cuatro duros... El día que me localicen los del circo estaré listo... Les he robado el oso, el tigre y el león, por no mencionar al perro, que éste vino de su cuenta... Y porque no había más animales... Estarán locos buscándolos... ¡Pero amigo...! Mi impulso no respetó siquiera mi amistad de años con la gente de la farándula, que me admitieron entre los suyos sin advertir que terminaría traicionándolos... Ciertamente, les he hecho una faena... Será milagro si no tienen que abatir la carpa, diseminándose por los cuatro puntos cardinales... ¡Como no recurran a la mujer barbuda...! Lo malo es que se fugó con el volatinero: una pasión de esas que hacen época... De lo contrario también me la habría traído conmigo, que siempre he tenido debilidad por los irracionales, y lamento esta pincelada de desdén hacia la hembra, pero soy hombre de la vieja escuela... Por esta calle no pasa nadie... A ver cómo reúno para la comida de estos bichos... ¡Lo que pueden devorar. ..! Entro en la carnicería y me llevó enteros los despojos... El matarife me mira con los ojos como platos... Los animalitos –ya digo que están bien adiestrados, no en vano son profesionales– me aguardan en un solar a la vuelta de la esquina... Y cada noche, al ir a dormir, la misma cantinela... ¡La zozobra de introducir los animales de matute en la pensión...! Las dueñas tienen un oído finísimo, así sean sordas... Menos mal que éstos están bien adiestrados... ¡Si casi el que más ruido hace soy yo...! Estoy viejo y tropiezo... A duras penas tengo fuerza e ilusión para seguir rascando las tripas de este viejo violín... Me río del volatinero, aquí le quería ver yo... Él, tan ricamente con la mujer barbuda... Pero la responsabilidad de sacar adelante al oso, al tigre y al león, sin olvidar al can, me impide pegar el ojo hasta la madrugada, precisamente cuando tenemos que abandonar la habitación, también de tapadillo, no vaya a descubrirnos la dueña... Y lo malo no sería que nos plantara de patitas en la ca lle, ni siquiera que corriera la voz a otros hostales y no nos admitieran jamás en adelante, teniendo que refugiarnos bajo un puente, sino que una de mis mascotas se enfureciera contra ella... Ya digo que son bien educados, más que las personas... Pero la naturaleza atávica de las bestias puede salir a superficie en cualquier momento... El tigre es el que más me preocupa: de los cuatro, es el más introvertido... El oso y el león son zalameros; y el galgo, un sentimental... Pueden pecar por exceso de cariño, y debo reconocer que a veces empalagan... ¡Pero el tigre...! Ya veo los titulares del periódico: “Propietaria de pensión con rulos, despedazada por tigre de Bengala. Los tricornios eliminan a tiros a la fiera...” No podría soportar su pérdida... Ni los demás... Somos verdadera familia, cuyo bienestar descansa sobre mis frágiles hombros... ¿Hasta cuándo...? Creo que cometí una temeridad al birlarlos de sus jaulas... No digo que conmigo no sean más felices, pero también están más en precario y su futuro se presenta incierto... Pero sigamos dándole a las cuerdas... Todavía puede pasar un munífico que nos lance un puñado de billetes... Cosas más raras acontecen... En este trance querría encontrarme a Paganini... ¡A ver si le valía su pacto con el diablo...!
ROSALÍA Y LA CIUDAD ORIENTAL
1971 - Óleo/lienzo 253 X 334


Cuando duerme la mujer –en este caso se llama Rosalía–, surge en la calígine del sueño una ciudad con minaretes y con cúpulas. ¡Ciudad sagrada y misteriosa, cuajada de pasadizos y ventanas, donde la huella de la mujer se evoca en cada esquina! El sol dora las agujas de sus torres, elevándose en un cielo intemporal. Esta urbe escondida es el refugio de la astuta Scherezada, que subyugara con cuentos al tirano. Miente Rosalía como mentía aquella embaucadora. Tiene que hacerlo porque su vida está en peligro. Rosalía –algunos la llaman Scherezada– duerme sobre colchón de agrestes hierbas, bajo la centinela de langostas que son el espíritu del sueño. El sereno latido de su pecho acompasa su inconsciencia. Se alejó de la casa. Buscó para desperezarse un lugar tibio de fronda en el que desplegar su fantasía. La llaman y no escucha: ¡Rosalía...! ¿Dónde se esconde esta muchacha? ¡Rosalía...! Las voces se difuminan en la tarde. Toma cuerpo la ciudad que pronto se llenará de pobladores y será escenario de int rigas y pasiones, de amores desdichados que provocarán crueles venganzas. Scherezada –algunos la llaman Rosalía– retomará cada noche ante el califa el hilo incesante de su historia, poblándolo de genios, camelleros, comerciantes, de mágicos ladrones, de alfombras voladoras y traidores de nariz aguileña en los palacios... Esos palacios que ella ha construido y en cuyos patios la risa cantarina de las fuentes se entrevera con el sollozo de los amantes clandestinos sorprendidos en su abrazo. Sale una cimitarra de su funda. Esto Rosalía no lo quiere. Pero su imaginación es tan potente como el río que corre subterráneo bajo el pálido desierto. La arena embeberá en un santiamén la sangre. El alfanje, vestido de rojo, volverá a su embocadura. Rosalía, llegado este punto, se quiere despertar: ha ido muy lejos. Es lo que tienen las ciudades orientales: su seducción y su embrujo cuestan caros. ¿Fracasará donde triunfó la narradora que, después de tantas noches, supo mover el corazón del triste rey? Rosalía se quie re despertar, pero no puede. Ha pasado a habitar en su ciudad. Esa noche, su padre, el visir, la presentará a petición propia al monarca. Es la única que puede frenar la hecatombe de doncellas. Scherezada –Rosalía– se va tranquilizando: conoce los anales del reino, las historias, las leyendas... Uno a uno, los irá desgranando ante el sultán. Tan sólo habrá de sondear su ánimo para escoger la narración idónea. Espiará la mínima impaciencia para adornar de portentos el relato. El ánima sombría de ese hombre, cuya crueldad diezma de vírgenes el reino, se saciará de maravillas. Sentada en la alfombra ante el monarca, abre la mujer sus labios. "Había un mercader en un país, en otros tiempos..." Rosalía –Scherezada– ha pasado a vivir siempre en su sueño.

SIRENA
Dibujo y acuarela


El día en que el mar entregue los muertos de su seno –lo profetizó el Águila de Patmos–, devolverá envuelta en algas y perfumada de salitre a la mujer que se ahogó al contemplar su hermosura contra el océano. Pagó su descuido, pero a cambio accedió a los secretos del abismo. En realidad no se ahogó: se convirtió en sirena. Los animales de las profundidades la vistieron de la vegetación marina, prestándole su industria de insólitos afeites con los que alcanzó su legendario encanto, el mismo que de antiguo cantaron los poetas. Ella lo ignora, porque bebió del licor que borra la memoria, pero dejó un amor en tierra la víspera de celebrar los esponsales. Añorando inconsciente sus caricias, interroga a quienes se aventuran sobre frágiles astillas, persiguiendo sus quimeras. Pero nadie le da razón de su adorado. Entonces se irrita y conduce contra los arrecifes a los barcos. En algunas ocasiones, se arrepiente. Flanqueada de cardúmenes de peces que recuerdan el azogue del espejo –el espejo es la herramie nta de la frivolidad de las mujeres–, serpentea entre la linfa, verde, azul, de colores y gamas imposibles, y recorre los mares infinitos. Al final, agotada, se tiende en su cama de coral. En días infaustos, se la ve desde la costa, oprimiendo el corazón de las esposas, que saben que allí, en las ocultas mesetas siderales, se encuentra la rival que acaso lleve el luto a sus hogares. Tiene un canto que nunca se oye en tierra. Por eso las tripulaciones enloquecen y se lanzan al agua a cortejar a la sirena. Éste es el misterio de algunos naufragios y de los barcos abandonados intactos en la mar. Se cuenta que, un día, los pescadores la capturaron en sus redes. Ella dormía, mecida por las olas. Al despertarse, le volvieron de golpe los recuerdos, abrumándole el tiempo que llevaba en el océano. Evocó el rostro de su amante. Supo que lo buscaba desde siglos y supo también que jamás lo encontraría. Aterrada, volvió a sumergirse en su pálida vivienda y esperó a quienes erigen su tumba anónima en el mar. Sangra s u herida, pero no sabe que sangra. Abraza a los peces, maternal, contra su pecho y sueña en recostarse bajo el sol sobre las rocas, extender su cola de escamas argentinas y vestirse de la espuma que provoca la resaca, para ver si se cura su nostalgia –ella no sabe que es nostalgia–. El día en que el mar entregue sus cadáveres, culminadas las edades, borrado definitivamente el tiempo –lo profetizó el de Patmos–, ella emergerá sobre las olas, comprenderá su soledad y derramará lágrimas que servirán de lenitivo a su tormento. Naufragarán hasta entonces los navíos.
MUJER CON PARAGUAS
1951 - Punta seca 147 X 106


–¡Los huevos, los torreznos, la sal y la pimienta...! Ponte a hacer la comida y que te falten ingredientes... ¡Y el pelotón de familia –hijos, nueras, hermanos, sobrinos...– a punto de venir a devorar como el famoso Gargantúa...! Porque inteligencia no tendrán los de mi sangre, pero ganas de llenar la andorga jamás les ha faltado... ¡Y esta lluvia...! ¿Por qué hace minutos apenas orvallaba y ahora cae este diluvio...? ¡Por la sencilla razón de que tengo que salir a avituallarme...! ¡Suerte, la mía...! Regresaré empapada y me tendré que cambiar de arriba a abajo... Como tengo la negra, en ese momento se presentarán todos... ¡Allá ellos si me sorprenden en pelotas...! No me voy a arriesgar a una pulmonía... Este pueblo es un asco... Ya podría el Consistorio arreglar el firme... ¡Pero quiá...! No sé en qué gastan el dinero... Aunque para lo que pagamos... Si yo fuera alcaldesa, haría lo que éstos: el grueso del erario, para mí; y las migajas, por si hay que sustituir una bombilla, no vayamos a descris marnos en la plaza... Que aquí por donde paso es boca de lobo en cuanto anochece... ¡Los huevos, los torreznos, la sal y la pimienta...! ¡Haz memoria, Leovigilda, que si después necesitaras algo más sería para prenderle fuego a la casa y tirar por esos montes...! ¡Los huevos, los torreznos, la sal y la pimienta...! ¿Si les trajera un postre dulce...? ¡Que se jodan y le echen un bocado a las esquinas...! Todavía encontraré el colmado cerrado a cal y canto... ¡Va a estar aguardando el del mandil...! Será tonto, aunque para inclinar la balanza a su favor deja tamaños a los de la Oficina de Pesos y Medidas de París... ¡No he visto buitre que más sise en el peso...! El día menos pensado (que puede ser éste, mucho ojo y no se diga que no advierto), le dejo la cara como un mapa... ¡Tente, Leovigilda, no vayas a cometer un disparate...! ¡Los huevos, los torreznos, la sal y la pimienta...! Creo que todavía omito algo... ¡Peste de pueblo, de familia y de tendero...! Me vuelven loca... Y comienzo a constiparme... L o que digo: me pillarán en bolas y encima pretenderán que estoy de la azotea... Que la abuela ha perdido el juicio y hay que internarla... Y ya tendremos armada la bronca... Me obligarán, como la otra vez, a emprenderla a sartenazos... Ellas, mis nueras, se marcharán llorando, principalmente (que lo voy a intentar) si las acierto... Y mis hijos, hablando campanudos de meterme en un centro de salud... ¡No desbarres, Leovigilda, y céntrate, que el sainete vendrá luego...! De entrada, no olvides lo que tienes que comprar... ¡Los huevos, los torreznos, la sal y la pimienta...! Eso es... ¡Los huevos, los torreznos, la sal y la pimienta...! Y como haya candado la tienda el del mandil, ¡esta vez sí que no se lo perdono...!

MUCHACHAS DE CUENCA
1950 - Aguafuerte, aguatinta y graneador 320 X 497


Las muchachas de Cuenca son de tres en tres. Las muchachas de Cuenca se asoman de tres en tres a la ventana. Las muchachas de Cuenca son hermanas. Aguardan a su príncipe azul en su caballo blanco. Sólo que no es príncipe, ni tiene sangre azul y tampoco posee alba montura; todo lo más, su coche de viajante con el que recorre la comarca. Un día, estando de paso en la ciudad, se alojó en la casa. Rivalizaron en agasajarle las hermanas. Las dos que se atalayan indagaron sus preferencias en la mesa. Lo sirvieron, lo mimaron. Se embelesaron con su fluida conversación llena de anécdotas. La que se sitúa de perfil –es la mayor– se mostró esquiva. Respondió a su interés con monosílabos. Trasteó mucho tiempo en la cocina. Pero no perdió palabra. Llegó la noche con su manto tupido de luceros. El hombre, cortés, ameno, escrupuloso, con los pómulos ligeramente encendidos por el vino, fue conducido al cuarto de invitados... Ahora, ellas, las tres, lo esperan. El viajante prometió volver. Pasaron días, semanas y algún mes. Cada tarde, se asoman a la ventana las hermanas. La mayor sabe que no regresará. Censura la vigilancia de las otras. Pero su corazón también espera y se estremece. No puede olvidar lo que susurró el huésped en sus oídos esa noche. Se habían retirado las hermanas, la casa se sumió en silencio. Un reloj desgranaba su tictac. Crujió el suelo de madera y ellos, la mayor y el viajante, se encontraron en el pasillo... Al alba, regresó ella a su cuarto. Se apagaron una a una las estrellas. El viajante prometió volver. Le despidieron. El ruido de su coche se amortiguó al doblar la esquina de la calle. Pasaron días, semanas y algún mes. El tiempo entró en espiral de indiferencia. Las hermanas menores desconocen la tragedia que atribula a la mayor. Ellas, simplemente, añoran la alacridad del invitado, sus jocundos ademanes, el que las hicieran pasar la tarde entera sin sentirla. Acabarán olvidándolo, sumidas en la rutina de la casa. Pero la mayor jamás podrá borrarlo de su mente. Su ausencia llena como el aire el ámbito doméstico. La mayor es fuerte, no se permitió una sola lágrima. Sin embargo, sufre y se va demoliendo su interior. Recrimina a sus hermanas que estén a la ventana, de donde tampoco ella, sin mirar, quiere apartarse. Se sabe abandonada, pero la esperanza la mantiene alerta. Oye el ocasional ruido de un coche. El corazón demora sus latidos... Falsa alarma. Las hermanas comienzan a aburrirse. Antes o después se distraerán de otra manera. La mayor no se conforma. Sin revelar su cuita a las otras, avizora de reojo al que le susurró cálidamente al oído. Aquella noche hasta el alba, en que se fueron apagando las estrellas...
NOCHE CASTELLANA
Aguafuerte y aguatinta 93 X 65


Hubo un crimen en la noche castellana. Fuera de cuadro, como suceden las cosas en Castilla, la vieja tierra que luchara contra el moro, patria del caudillo de la luenga barba que multiplicó por cuatro su destierro. Sucedió entre la recogida de la vid y el mes de enero, cuando el páramo refulge por la helada y la luna, pálida y soberbia, brilla en las alturas. El frío se anunciaba en el soplo matutino, que encendía de rubor los pómulos de las mujeres y obligaba a los hombres a abrigarse para efectuar su vigilante recorrido por los campos. Se incubó el crimen muchos años, como el prólogo premioso de un antiguo drama. Fue en Castilla, tal vez por olvidarse de los remotos dioses lares, que rubricaron en sangre su rencor. El motivo, la hermosura de la hembra, contra la que clamó durante siglos el profeta, consternado al comprobar que es el deseo más ferviente de los hombres. Ella creció indiferente a los requiebros: se reía. Era su risa como el gorjeo de los pájaros, como el cascabel de las colleras de las monturas emperejiladas para la fiesta. Sus dientes rivalizaban en blancura con la nieve que ese año venía retrasada. Ella reía, reía sin motivo y a menudo. Sus morenos brazos habían abrazado tantas veces las gavillas –mozos y mozas cantaban en la era–, mientras unos ojos profundos la miraban. Ella reía, se sumaba cordial a las canciones, sin saber que eran su réquiem, su corona de flores, su palma de mártir de la tierra. Transcurrieron estaciones, se casó. El otro no pudo olvidarla: el ascua de la pasión permaneció escondida en la ceniza. Ella solía pasear muriendo el día, anegado su espíritu de imprecisas añoranzas. Una a una, las estrellas se pintaban en la bóveda, gemía la luna una canción de luto. Él la siguió... En vano la esperaron en su casa. La cama quedó sin deshacer; a la cabecera, la devota estampa. Iluminaba el farol los soportales, en la inútil esperanza de su vuelta. Alarmados, salieron a buscarla. Cribaron montes y pinares, zanjas y regatos, cobertizos y chozas de pastores. Perros nerv iosos ladraron a la muerte. La encontraron. El vientre desnudo, su pecho virginal, eran de mármol, con rápidos trazos de violento oscuro. Su mirada inmóvil se posaba en las copas de los pinos, mudos testigos de su tránsito. Seguían las estrellas en el cielo, la luna se columpiaba en su regazo. El hombre del mirar profundo vociferó, exigió venganza. Le sujetaron, hubieron de asistirle. Se fundió en abrazo de pesar con el esposo. Andando el tiempo, recibió garrote un andariego. El esposo y el amigo la recordaron siempre. Ella reía, reía sin motivo y a menudo...

PESADILLA
1962 - Aguafuerte 320 X 242


Las pesadillas habitadas pueden ser de varias clases: con quimeras o tarascas, diablos con rabo, cuernos y tridente que parecen salidos de la guardarropía de un teatro, perros como el espurio y mítico de Baskerville, vampiros bajo la luna o en su cripta, rompecabezas absurdos y figuras geométricas gobernadas por leyes imposibles, que destruyen el paraguas protector de la razón. En algunas, aparecen gatos y son la evidencia de un desarreglo fisiológico, de una pesada digestión de grasas y licores, de un festín, cotidiano o tal vez excepcional, que degeneró en glotonería. Suelen ocurrir de sobremesa, descabezando un sueño ahíto de comida, mientras afuera, en la tarde encapotada, descarga la tormenta con relámpagos y truenos, prestando su efecto de terror a los durmientes. ¿La tormenta pertenece al sueño o es real? No se sabe y tampoco importa, componiendo el fondo pintado de la angustia. Las pesadillas con gatos equivalen a la factura onerosa con que, a lo largo de la tarde, se paga el doméstico menú que se comenzó a servir con ligereza y terminó produciendo ardor de estómago. Se fueron ya los invitados; o quizá, como el anfitrión, recordando los pecios desechados por el mar, tributen igualmente sus excesos, arrojados en divanes, canapés, en el propio suelo que cubre desgastada alfombra. Los gatos se quisieron refugiar de la tormenta y entraron en el tabuco del durmiente, agazapándose a sus pies. Miraron fiero y maullaron, censurando la demasía del bulímico: éste rezongó y siguió durmiendo. Rugió la tempestad y los gatos se apretaron entre sí. Por encima de los tejados, más allá de las nubes, quería venir la noche. Pero la noche es ideal para el descanso y aquí no se trata de descanso, sino de trasudar lo que se ingirió con gula, refiriendo anécdotas procaces, acompañadas de groseras carcajadas. La pesadilla, no obstante, tiene su aquél de belleza y armonía, como todo lo que ocurre bajo el dominio de lo onírico, así se haya originado torpemente. Los gatos, que fueron adorados en el país del Nilo, co nservan en la pesadilla su aura sagrada, que les convierte en demonios familiares de los que dicen las leyendas que cumplen los cándidos deseos de sus dueños. Aquí están deseando hacer su parte, por eso aguardan y por eso se impacientan. Ruge la tormenta, la lluvia flagela con sus mínimos hilos los tejados y el viento sacude las cortinas. El dispéptico, con sus compañeros del banquete tirados como él sobre la alfombra, se revuelve pesadamente, queriendo despertarse y sin poder diferenciar vigilia y sueño.
SIN TÍTULO
1986 - Aguafuerte y aguatinta 643 X 493


El abanico de la maja es el redondel –oro y sombra– donde triunfa o muere el torero cada tarde. Se emperifolla la dama, a su diestra el tricornio de bigotes y flanqueada de público acezante, ávido de la sangre que se verterá en la arena, con el cruel paisaje de España eterna al fondo. El de la garrocha debilita el empuje del cornúpeta, enjambre de músculos y huesos, mortífero y mecánico engranaje, que se precipita como un huracán hacia el capote, buscando el vientre del torero, que es un vientre inerme de recién nacido, con su cordón umbilical aún palpitante. Relincha el caballo, intuyendo la muerte sobre sus flancos, y múltiples ojos aterrados, desprendidos de su complemento orgánico, convergen sobre el insólito espectáculo. ¡Ha de haber una muerte y tiene que ser pronto! La mujer prefigura la agonía y aquí, en este trance, es anuncio y solemne augurio de que habrá un títere de luces tendido horizontal sobre la plaza. Relinchará el caballo, eviscerado a través del peto protector, se sobrecogerá el entendido en la barrera y reirá la maja de peineta, indiferente a un dolor sincero, anónimo, el único en todo el graderío que prolongará sus lágrimas más allá de la tarde colorista y trágica. La muerte se ceba en su víctima entallada, graneada de piedras que son el reverso de los luceros que salpicarán el firmamento por la noche, mientras el cadáver, con un rictus de pudor y de inocencia, ve tremolar sobre su rostro la palidez amarilla de las velas. La mujer de peineta es la tentación del maletilla, que se creyó hombre al recibir la alternativa, cuando no era más que la víctima inocente que necesita asesinar la muchedumbre. Ojos y más ojos convergen en la fiesta, pero es indiferente para el dolor la maja. Declina el sol a los pases del torero y va avanzando hacia el oscuro la nítida frontera que divide en dos el círculo callado. En seguida la noche cobrará su presa. ¡La noche empapada de la espesa sangre, confundidas y mezcladas las del animal y el hombre! Es segura la muerte de los dos. Rugen las gradas , señalando unánimes con el pulgar la tierra. El torero se sabe condenado, pero es tarde para dar la media vuelta. Es entonces cuando la fiesta, rito a la vez y sacrilegio, se viste con sus mejores galas y el torero, animado de un espíritu pagano, se ciñe al costado de la fiera y regala sus mejores pases a un público que ha venido a ver cómo moría. Entusiasmo, ovaciones, se pone en pie la plaza entera, se agitan los pañuelos, progresa un poco más sobre la arena la frontera de la muerte. Cruje la tela de infinitos abanicos, pero la de peineta permanece inmóvil. Muestra su seno pálido, apenas disimula la sonrisa. Ante su mirada ciega, poseída de un gozo de gusanos, se consumará la farsa.


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