nº - 11
PESADILLA, 1962 - Aguafuerte 320X242 mm

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Pesadilla Las
pesadillas habitadas pueden ser de varias clases: con quimeras o
tarascas, diablos con rabo, cuernos y tridente que parecen salidos de la
guardarropía de un teatro, perros como el espurio y mítico de
Baskerville, vampiros bajo la luna o en su cripta, rompecabezas absurdos
y figuras geométricas gobernadas por leyes imposibles, que destruyen el
paraguas protector de la razón. En algunas, aparecen gatos y son la
evidencia de un desarreglo fisiológico, de una pesada digestión de
grasas y licores, de un festín, cotidiano o tal vez excepcional, que
degeneró en glotonería. Suelen ocurrir de sobremesa, descabezando un
sueño ahíto de comida, mientras afuera, en la tarde encapotada,
descarga la tormenta con relámpagos y truenos, prestando su efecto de
terror a los durmientes. ¿La tormenta pertenece al sueño o es real? No
se sabe y tampoco importa, componiendo el fondo pintado de la angustia.
Las pesadillas con gatos equivalen a la factura onerosa con que, a lo
largo de la tarde, se paga el doméstico menú que se comenzó a servir
con ligereza y terminó produciendo ardor de estómago. Se fueron ya los
invitados; o quizá, como el anfitrión, recordando los pecios
desechados por el mar, tributen igualmente sus excesos, arrojados en
divanes, canapés, en el propio
suelo que cubre desgastada alfombra. Los gatos se quisieron refugiar de
la tormenta y entraron en el tabuco del durmiente, agazapándose a sus
pies. Miraron fiero y maullaron, censurando la demasía del bulímico:
éste rezongó y siguió durmiendo. Rugió la tempestad y los gatos se
apretaron entre sí. Por encima de los tejados, más allá de las nubes,
quería venir la noche. Pero la noche es ideal para el descanso y aquí
no se trata de descanso, sino de trasudar lo que se ingirió con gula,
refiriendo anécdotas procaces, acompañadas de groseras carcajadas. La
pesadilla, no obstante, tiene su aquél de belleza y armonía, como todo
lo que ocurre bajo el dominio de lo onírico, así se haya originado
torpemente. Los gatos, que fueron adorados en el país del Nilo,
conservan en la pesadilla su aura sagrada, que les convierte en demonios
familiares de los que dicen las leyendas que cumplen los cándidos
deseos de sus dueños. Aquí están deseando hacer su parte, por eso
aguardan y por eso se impacientan. Ruge la tormenta, la lluvia flagela
con sus mínimos hilos los tejados y el viento sacude las cortinas. El
dispéptico, con sus compañeros del banquete tirados como él sobre la
alfombra, se revuelve pesadamente, queriendo despertarse y sin poder
diferenciar vigilia y sueño. Javier
Rey de Sola
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Sin título,1986 (Obra del mes nº12) Barrio bajo Oferta desde otro plano Sin título,1960
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