Las moscas

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1971 - Acrílico, 35x27

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La mujer es el reverso de la muerte. Aunque los desengañados del mundo y sus placeres convienen en asegurar que son lo mismo. Más allá de sus tramposas atenciones –aseguran–, apurada la copa del deleite, se encuentran la fosa y los gusanos. No hay que hacerles mucho caso. ¿Y las moscas? ¿Qué pinta el díptero –multiplicado– sobre la cara de la bella? Asiduas al festín de los cadáveres, cancerberas diminutas del paso por la vida, serían la corroboración del pensamiento ascético. Lo dijo el romántico Espronceda: “¡Inventad otras caricias, otros besos, o maldito sea el placer!” Lo remacharon los Padres de la Iglesia: “Guardaos de la amiga del diablo”. ¡El diablo y su ejército de moscas! La mujer, la muerte, las moscas, el diablo... ¿Cómo no rendirse a la evidencia? Y sin embargo, la mujer es tan hermosa... ¿En qué artera academia aprendiera sus hechizos? Poderosos monarcas rindieron a sus plantas sus imperios, conquistados al precio de la sangre de los héroes. El fragor de la batalla fue música para en tretener su ocio. ¿Acaso importa? ¡Es tan colosal la ceguera de los hombres! Pero las moscas... ¡Inmóviles insectos sobre el rostro hierático de la mujer de rojos labios! Sobre el recto perfil de su nariz, el saltamontes: es general que dirige el lento asedio.

La falacia de la bella es evidente. Ella lo sabe, pero se resiste a rendir la fortaleza. Está muerta, pero un último resabio de su inmensa vanidad envía un señuelo de perdición desde el sepulcro. ¡Cristalizó en gesto seductor su tránsito! Así permaneciera siglos... hasta que empezaron a acudir las moscas. Revoloteó la primera sobre sus ojos verdes, que no parpadearon. Vino la segunda y acudieron más, una tras otra, en seguido y fúnebre cortejo, posándose en su frente y sus mejillas, sin olvidar esos labios que pronunciaron impúdicos halagos. ¡Su treta había quedado al descubierto! Pero los hombres se negaron a advertirlo. Tan poderosa es la voluntad de la mujer, que hace girar en su mano el orbe entero. Un gesto de miedo, no obstante, la delata. Co mienza a sospechar que se aproxima el día en que se desvanecerá fatalmente en el polvo. Es lenta la corrupción, pero imparable. Ella lo sabe y su mérito está en haberla sabido refrenar. Pero ¡ay!, la muerte –que al fin y al cabo es de su sexo– va ganando la partida. Las edades se acumulan en lo que para la eternidad es sólo un soplo. Admirable el titánico ejercicio de la que manejó a los hombres a capricho y cuyas proezas por las que fueron destruidos aceptó frívolamente. La extinción de los mejores, su derrota y su desgracia fueron el terrible escabel para sus pies. Las moscas –¿amigas, delatoras...?– así nos lo confirman. ¡Ella mantiene impertérrita su pulso!

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