Noche castellana

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Aguafuerte y aguatinta 93 X 65, sin fecha

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Hubo un crimen en la noche castellana. Fuera de cuadro, como suceden las cosas en Castilla, la vieja tierra que luchara contra el moro, patria del caudillo de la luenga barba que multiplicó por cuatro su destierro. Sucedió entre la recogida de la vid y el mes de enero, cuando el páramo refulge por la helada y la luna, pálida y soberbia, brilla en las alturas. El frío se anunciaba en el soplo matutino, que encendía de rubor los pómulos de las mujeres y obligaba a los hombres a abrigarse para efectuar su vigilante recorrido por los campos. Se incubó el crimen muchos años, como el prólogo premioso de un antiguo drama. Fue en Castilla, tal vez por olvidarse de los remotos dioses lares, que rubricaron en sangre su rencor. El motivo, la hermosura de la hembra, contra la que clamó durante siglos el profeta, consternado al comprobar que es el deseo más ferviente de los hombres. Ella creció indiferente a los requiebros: se reía. Era su risa como el gorjeo de los pájaros, como el cascabel de las colleras de las monturas emperejiladas para la fiesta. Sus dientes rivalizaban en blancura con la nieve que ese año venía retrasada. Ella reía, reía sin motivo y a menudo. Sus morenos brazos habían abrazado tantas veces las gavillas –mozos y mozas cantaban en la era–, mientras unos ojos profundos la miraban. Ella reía, se sumaba cordial a las canciones, sin saber que eran su réquiem, su corona de flores, su palma de mártir de la tierra. Transcurrieron estaciones, se casó.

El otro no pudo olvidarla: el ascua de la pasión permaneció escondida en la ceniza. Ella solía pasear muriendo el día, anegado su espíritu de imprecisas añoranzas. Una a una, las estrellas se pintaban en la bóveda, gemía la luna una canción de luto. Él la siguió... En vano la esperaron en su casa. La cama quedó sin deshacer; a la cabecera, la devota estampa. Iluminaba el farol los soportales, en la inútil esperanza de su vuelta. Alarmados, salieron a buscarla. Cribaron montes y pinares, zanjas y regatos, cobertizos y chozas de pastores. Perros nerviosos ladraron a la muerte. La encontraron. El vientre desnudo, su pecho virginal, eran de mármol, con rápidos trazos de violento oscuro. Su mirada inmóvil se posaba en las copas de los pinos, mudos testigos de su tránsito. Seguían las estrellas en el cielo, la luna se columpiaba en su regazo. El hombre del mirar profundo vociferó, exigió venganza. Le sujetaron, hubieron de asistirle. Se fundió en abrazo de pesar con el esposo. Andando el tiempo, recibió garrote un andariego. El esposo y el amigo la recordaron siempre. Ella reía, reía sin motivo y a menudo...

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